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pórtico del castillo.
   –– ¿Qué sucede? dijo Montalais acercándose a la ventana––. ¡Un hermoso caballero, a fe!   
   –– ¡Oh Raúl! ––murmuró Luisa, que había hecho el mismo movimiento que su amiga, y que, poniéndose pálida, cayó palpitante cerca de la carta sin terminar.
   –– ¡Éste sí que es un amante listo! –– exclamó Montalais ––. Y que llega a tiempo.
   ––Retiraos, os lo ruego ––murmuró Luisa.
   –– ¡Bah! ¡Si no me conoce! Permitidme saber lo que le trae aquí.   

   Capítulo 2.- El Mensajero

   Tenía razón la señorita de Montalais: el caballero merecía llamar la atención.
   Joven, de unos veinticuatro años y de hermosa estatura, llevaba con delgada, gracia el traje militar de la época. Sus largas botas encerraban un pie que no hubiera desdeñado la señorita de Montalais, si se hubiese transformado en hombre. Con una de sus manos, de-licadas y nerviosas, detuvo su caballo en medio del patio, y con la otra alzó el sombrero de largas plumas que sombreaban su fisonomía, grave y sincera a la vez.
   Al ruido del caballo despertaron los guardias y pusiéronse en pie. El joven dejó que uno de ellos se aproximara hasta el arzón de la silla, e inclinándose hacia él dijo con voz cla-ra, que fue oída perfectamente desde la ventana en que se recataban ambas jóvenes:   
   ––Un mensaje para Su Alteza Real.
   –– ¡Ah! ¡Ah! –– exclamó el guardia ––. ¡Oficial, un mensajero! Pero este excelente sol-dado sabía muy bien que no parecería ningún oficial, porque el único que podía aparecer permanecía en lo último del castillo, en una

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