¡Miserable amo! ¡Esta vida no es tolerable, y ya es tiempo de que yo tome un partido!... ¡Más generosidad, más energía prosiguió––. Vamos, el maestro ha conseguido su objeto, y el discípulo está muerto para siempre. ¡Pardiez! No consentiré en ello. Vamos, vosotros ––continuó en-trando en la antecámara––, ¿qué hacéis aquí mirándome así? Apagad esas luces y mar-chaos a vuestros puestos. ¡Ah! ¿Me guardáis? Sí, veláis por mí, ¿no es verdad, buenas gentes? ¡Valientes necios! Yo no soy el duque de Guisa, y no se me asesinará en el pasi-llo. Además ––añadió en voz baja––, ésa sería una resolución, y ya no se toman resolu-ciones desde la muerte del señor cardenal de Richelieu. ¡Ah! ¡Aquél sí que era un hom-bre! ¡Ya lo tengo decidido! ¡Desde mañana ahorco la casaca!
Pero, mudando de consejo: ––– ¡No ––dijo––, todavía tengo que hacer una prueba su-prema, y la haré; pero juro que ésta será la última, ¡vive Dios!
No había terminado de hablar, cuando salió una voz de la cámara del rey.
–– ¡Señor teniente! ––dijo la voz.
––Aquí estoy ––respondió.
—El rey desea hablaros. ––Vamos ––dijo el teniente––, tal vez sea para lo que yo pien-so. Y entró en la habitación del rey
Capítulo 12.- El Rey y el Teniente
Cuando el rey vio a su lado al oficial, despidió al gentilhombre y al ayuda de cámara.
–– ¿Quién está mañana de servicio, caballero? ––preguntó entonces.
––Yo, Majestad.
–– ¿Cómo, vos también?
––Siempre yo.
–– ¿Y por qué, caballero?
––Cuando los mosqueteros salimos de viaje cubrimos todos los puestos de