la guardia de Vuestra Majestad; es decir, el vuestro, el de la reina madre y el del señor cardenal, que toma prestado al rey la mejor parte, o sea, la parte más numerosa de su guardia real.
––Pero, ¿y los descansos?
––No hay descansos más que para veinte o treinta hombres, de ciento veinte. En el Louvre es distinto; si yo estuviera en el Louvre, confiaría en mi sargento; pero, en mar-cha, no, se sabe lo que puede suceder; además, me place hacer mis asuntos por mí mismo.
––Así, ¿estáis de guardia todos los días?.
––Y todas las noches, Majestad.
––Caballero, yo no puedo sufrir eso, y deseo que descanséis.
––Está bien, Majestad, pero yo no quiero.
–– ¿Cómo? ––murmuró, el rey, que no comprendió al pronto el sentido de esta respues-ta.
––Digo que no quiero exponerme a una falta. Si el demonio ha de jugarme una mala partida, como conoce al hombre con quien tiene que habérselas, escogerá el momento en que yo no esté aquí. Mi obligación, ante todo, y la paz de mi conciencia.
––Pero en este oficio, señor, os mataréis.
–– ¡Bah! Hace ya treinta y cinco años qué ejerzo este oficio, y soy el hombre de Francia y .de Navarra que goza de mejor salud. Por lo demás, Majestad, no os preocupéis de mí. Esto me parecería, muy extraño, en atención a que no estoy habituado a ello.
El rey cortó de repente la conversación con una nueva pregunta.
–– ¿Luego estaréis aquí mañana?
––Como ahora, Majestad.
El rey dio entonces unas vueltas por la cámara, siendo fácil conocer que