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pedirle ca-sarse con ella! ¡Dicen que la reina ha consultado ––con la corte de Roma, por no saber si sería válido ese matrimonio hecho contra su voluntad! ¡Oh! ¡Si yo tuviese ahora veinti-cinco años!...–– ¡Oh! ¡Si tuviese aquí a mi lado aquéllos a quienes no tengo!–– ¡Oh! ¡Si yo despreciase tan profundamente a todo el mundo, yo enredaría al cardenal con la reina madre, a Francia con España, y haría una reina a mi manera! –– ¡Pero, bah!
   ––Ese miserable italiano, ese pícaro, ese avaro que acaba de negar un millón al rey de Inglaterra, no me daría tal vez cien doblones por la noticia que le llevase. ¡Oh! ¡Ya caigo en niñerías y me embrutezco! ¡Mazarino dar ilada! ¡Ja,ja,ja!
   Y el oficial echóse a reír formidablemente.
   ––Durmamos ––dijo, durmamos, y muy pronto; tengo el espíritu cansado de esta noche, y mañana percibiré más claro que hoy.
   Y a esta recomendación, hecha a sí propio, se envolvió en la capa, mofándose de su re-gio vecino.
   Cinco minutos después dormía con los puños cerrados y los labios entreabiertos, dejan-do escapar, no su secreto, sino un ronquido armonioso que se extendía cómodamente bajo la majestuosa bóveda de la antecámara.

   Capítulo 13.- María Mancini   

   No bien iluminaba el sol con sus primeros rayos los grandes bosques del parque y las altas atalayas del castillo, cuando el joven rey, despierto hacía más de dos horas por el insomnio del amor, abrió por sí mismo el postigo de la ventana, y echó una mirada curio-sa por los patios del palacio dormido.
   Vio que era ya, la hora señalada, pues el gran reloj del patio señalaba las cuatro y cuarto no quiso despertar a su ayuda de cámara, que dormía

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