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profundamente a cierta distancia, y vistióse solo; pero el criado, creyendo haber faltado a su deber, se acercó al rey, que le envió a su dormitorio, recomendándole el más profundo silencio.
   Entonces bajó la escalera, salió por una puerta lateral y percibió a lo largo del muro del parque un jinete que tenía de la brida otro caballo.
   No podía conocerse a este jinete, envuelto en su capa y, cubierto el rostro con el som-brero.
   En cuanto al caballo, ensillado como el de un aldeano rico, no ofrecía nada notable; ni aun para el ojo más experto.
   El rey se acercó a tomar la rienda de este caballo, y el oficial le sostuvo el estribo sin desmontar, pidiendo, al mismo tiempo, con voz discreta las órdenes, de Su Majestad.
   ––Seguidme, contestó Luis XIV.   
   El oficial puso su caballo al trote detrás del de su señor, y, de este modo bajaron hacia el puente.
   Cuando estuvieron en la orilla del Loira.
   —Caballero ––dijo el monarca, vais a hacerme el favor de picar adelante hasta que di-viséis una carroza, en cuyo caso retrocederéis para decírmelo; yo espero aquí.
   ––¿Se dignará Vuestra Majestad darme algunos pormenores sobre la carroza que llevo encargo de descubrir?   
   ––Una carroza en la que veréis dos señoras, y tal vez también su comitiva ––dijo el rey.
   ––Majestad, no quisiera equivocarme: ¿hay además algún otro signo por el cual pueda reconocer esa carroza?
   ––Probablemente, llevará las armas del señor cardenal.
   ––Está bien, Majestad ––replicó el oficial, enteramente impuesto en el

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