habitación pequeña que daba a los jardines. Así es que se apresuró a añadir:
––Caballero, el oficial está de ronda; pero en su ausencia debe avisarse al señor de Saint-Remy, mayordomo del Palacio.
–– ¡El señor de Saint-Remy! ––repitió el caballero ruborizándose.
–– ¿Le conocéis?
–– ¡Oh! Sí… Os ruego le aviséis al punto, para que mi visita sea anunciada lo más pronto posible a Su Alteza.
––Parece que el asunto es urgente ––dijo el guardia como si hablase consigo mismo, pero en realidad con la esperanza de obtener una contestación.
El mensajero hizo un signo afirmativo de cabeza.
––Entonces ––añadió el guardia––, yo mismo voy a buscar al mayordomo de Palacio.
El joven, entretanto, echó pie a tierra, y mientras los otros soldados advertían todos los movimientos del caballo del mensajero, el guardia: volvió atrás diciendo:
––Dispensad, caballero, mas decidme vuestro nombre, si gustáis:
––Vizconde de Bragelonne, de parte de Su Alteza el señor príncipe de Condé.
El soldado hizo un reverente saludo, y, como si el nombre del vencedor de Rocroy y de Lens le hubiese dado alas, subió ligero la calera para penetrar en las antecámaras.
No había tenido tiempo siquiera el señor de Bragelanne de atar su caballo a los barrotes de hierro de la escalinata, cuando llegó desalentado el señor de Saint-Remy, sosteniendo su abultado vientre con una de sus manos, mientras que con la otra hendía el aire, como un