su señor, a su amante? ¡Oh! ¡Animo, Luis! ¡Una palabra, una sola palabra! Decid: “Yo quiero, y toda mi vida quedará encadenada a la vuestra y todo mi corazón os pertenecerá para siempre.
Nada contestó el rey.
–– María le miró entonces, como Dido miró a Eneas en los Campos Elíseos, desdeñosa y airada.
––¡Adiós, pues, dijo adiós la vida, adiós el amor... !
Y dio un paso para retirarse.
El rey la retuvo, le asió una mano, que llevó a sus labios, y arrastrándole la desespera-ción por el partido que parecía haber tomado interiormente, dejó caer sobre aquella linda mano una lágrima ardiente de sentimiento que hizo estremecer a María, como si efectivamente ésa lágrima la hubiese quemado.
Vio los ojos húmedos del monarca; su frente pálida, sus labios convulsos, y exclamó con acento imposible de describir:
–– ¡Oh! ¡Sois rey, lloráis, y yo me voy!
Por toda contestación, el rey ocultó su rostro en el pañuelo.
El oficial dio una especie de rugido que espantó a los dos caballos. Emocionada la se-ñorita Mancini dejó al rey y subió precipitadamente a la carroza, gritando al cochero: ¡Partid, partid pronto!
El cochero obedeció fustigando a las mulas, y la pesada carroza conmovióse sobre sus ejes chillones, mientras el rey de Francia, solo y abatido, no se atrevía a mirar ni adelante ni atrás.
Capítulo 14.- En el que el Rey y el Teniente Hacen Gala de Memoria
Cuando el rey, lo mismo que todos los amantes del mundo, hubo mirado por mucho tiempo y atentamente cómo desaparecía en el horizonte la carroza que llevaba a su ama-da; cuando se hubo vuelto y revuelto cien veces hacia el