mismo sitio, y cuando, por fin, hubo podido calmar un tanto la agitación de su pecho y de su alma, se acordó de que no estaba solo.
El oficial continuaba teniendo el caballo de la brida, sin perder toda esperanza de que el rey volviese de su resolución.
Aún había el recurso de montar a caballo y correr al lado de la carroza; nada se habría perdido por aguardar.
Pero la imaginación del teniente de mosqueteros era demasiado brillante y rica dejó atrás la del rey, que se guardó bien de llevarse ä tal exceso de lujo.
Contentóse con acercarse al oficial, a quien dijo con doliente voz:
–– Vamos. . . hemos terminado... a caballo.
El oficial imitó su manera, su angustia, y cabalgó lenta y tristemente sobre su montura; el rey picó delante y el teniente le siguió.
Guando llegaron al puente, Luis volvióse por última vez. El oficial, paciente como un dios que tiene la eternidad delante y detrás de sí, espero aún que volviese a la energía, pero todo fue en vano. El rey llegó a la calle que conducía al castillo y entró en él cuando daban las siete.
Habiendo penetrado en el castillo el rey, y habiendo el mosquetero visto muy bien, él que todo lo veía, levantarse en la ventana del cardenal un pliegue de la tapicería, exhaló un profundo suspiro, cómo quien se ve libre de los más opresores lazos, y dijo a media voz:
–– No hay duda que esto ha terminado.
El rey llamó a su gentilhombre.
––No recibiré a nadie antes de las dos, ¿entendéis, caballero? Majestad ––observó el gentilhombre––, hay, sin embargo, alguien que solicita pasar.
–– ¿Quién?
––Vuestro teniente de mosqueteros.