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   ––Y ya sabéis que tengo buena memoria ––prosiguió el rey.
   ––Sí, Majestad, aunque deseo que esa memoria os falte ahora, para que olvidéis las mi-serias que me he visto precisado a manifestar. Su Majestad está a tal altura sobre los po-bres y los pequeños, que así lo espero.
   ––Mi Majestad, caballero, hará lo que el sol, que todo lo ve, grandes y chicos, ricos y miserables, dando brillo a uno; calor a otros, y a todos la vida. Adiós, señor de Artagnan, adiós, sois libre.
   Y Luis, dando un ronco sollozo que se perdió en su garganta, pasó rápidamente a la cámara inmediata.
   Artagnan tomó su sombrero de la mesa en que lo había arrojado, y salió.

   Capítulo 15.- El Proscrito.

   Aún no había bajado del todo la escalera Artagnan, cuando el rey llamó a su gentil-hombre.
   –– Tengo un encargo que daros, caballero ––dijo.
   ––A las órdenes de Vuestra Majestad.   
   ––Esperad.
   Y el joven rey púsose a escribir la carta siguiente, que le costó más de un suspiro, aun-que al mismo tiempo brillaba en sus ojos algo semejante al sentimiento del triunfo. “Se-ñor cardenal:
   “Merced a vuestros consejos y a vuestra firmeza, he sabido vencer y domar una debili-dad impropia de un rey. Habéis preparado demasiado hábilmente mi destino para que la gratitud no me detenga en el momento de destruir vuestra obra. He comprendido que no tenía razón en querer desviar mi vida del camino que le habéis trazado. Ciertamente, hubiera sido una desgracia, para Francia y para mi familia, que se rompiese la unión entre mi ministro y yo.
   “Esto es, no obstante, lo que a no dudar hubiera acontecido de hacer

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