Este golpe era para el príncipe tanto más terrible cuanto que era un nuevo destierro. Los desgraciados se–– adhieren a las menores esperanzas como los aventureros alas mayores felicidades, y cuando es necesario abandonar el lugar donde esas esperanzas han acari-ciado el corazón, experimenta el mortal disgusto que siente el desterrado cuando pone el pie en el barco que debe conducirle a su destierro. Esto consiste, aparentemente, en que el corazón, herido ya tantas veces, padece mucho al golpe más insignificante; que considera como un bien la ausencia momentánea del mal, que no es otra cosa que la ausencia del dolor, que, en fin, en los más terribles infortunios, el cielo derrama la esperanza, como aquella gota de agua que el rico malo demandaba a Lázaro.
La esperanza de Carlos II no había sido más que una fugitiva alegría, al verse bien aco-gido por su hermano Luis. Entonces aquella esperanza había tomado cuerpo y convertídose en realidad; pero, luego, de repente, la negativa del cardenal había hecho des-cender la realidad ficticia al estado de sueño. La promesa de Luis XIV, tan pronto destruida, no había sido más que una irrisión. Irrisión como su corona, como su cetro y como sus compañeros; como todo lo que había rodeado su regia infancia y abandonado su ju-ventud proscrita. ¡Irrisión! Todo era irrisión para Carlos II, excepto ese reposo frío y negro que le prometía la muerte.
Estas eran las ideas del infortunado príncipe cuando, inclinado sobre su caballo, cuyas riendas, había abandonado, marchaba bajo el sol caliente y dulce del mes de mayo, en el cual la cruel misantropía del desterrado añadía un insulto más a su dolor.
Capítulo 16.- Remember!
Cierto jinete que pasaba rápidamente por el camino subiendo hacia Blois, de donde había salido una media hora antes, poco más o menos, cruzóse con