los dos viajeros, salu-dándolos al pasar. Apenas puso el rey la atención en aquel joven, porque el tal jinete de que hablamos era un joven de veinticinco a veintiséis años, el cual volvíase de vez en cuando y hacía demostraciones de amistad a un hombre que estaba de pie ante la verja de una casa, bella, blanca y roja, esto es, de piedra y ladrillo y con el techo de pizarra, situa-da a la izquierda del camino que llevaba el príncipe.
Este hombre, viejo, alto y cenceño, de blancos cabellos (hablamos del que permanecía junto a la verja); este hombre correspondía a las señas que le hacía el joven, con otros signos de despedida, tan tiernos como los hubiese hecho un padre. El joven concluyó por desaparecer en el primer recodo del camino, adornado de hermosos árboles, y el viejo se disponía ya para volver a casa, cuando llamaron su atención los dos viajeros que pasaban entonces por enfrente de la verja.
Ya hemos dicho que el rey marchaba con la cabeza inclinada, los brazos caídos, y de-jando ir al paso y casi a su capricho el caballo que montaba. Parry en pos de él y para dejarse penetrar mejor por la tibia influencia del sol, se había quitado el sombrero y pa-seaba sus miradas a derecha e izquierda del camino. Sus miradas topáronse con las de aquel viejo recostado en la verja, el cual, como si presenciase algún extraño espectáculo, prorrumpió en una exclamación y dio un paso hacia ambos viajeros.
Inmediatamente, pasaron los ojos desde Parry al rey, sobre el cual se fijaron un instante. Por rápido que fuese este examen, no dejó de reflejarse al momento y de manera visible en el semblante del anciano; porque apenas hubo reconocido al más joven de los viajero, juntó primero las manos con respetuosa sorpresa y, alzando el sombrero de su cabeza,