Y añadió, tras un instante de reflexión:
––No, conde, yo no puedo exponeros a semejantes privaciones. No tengo nada para re-compensar semejantes servicios.'
–– ¡Bah! –dijo Athos riendo––. Vuestra Majestad se burla, porque tiene un millón.
–– ¡Ah, que yo fuese rico siquiera en la mitad de esa suma, señor! Ya hubiera levanta-do un regimiento. Pero a Dios gracias, aún me quedan algunos rollos de oro y algunos diamantes de familia.” Espero que Vuestra Majestad se dignara partirlos con un servi-dor decidido.
––Con un amigo, conde, mas con la condición de que este amigo partirá conmigo más tarde.
––Señor ––dijo Athos abriendo una cajita, de la que sacó el oro y las alhajas, ved cómo ahora somos bastante ricos. Felizmente, seremos cuatro contra los ladrones. La alegría hizo afluir la sangre a las pálidas mejillas de Carlos II. En seguida vio aproximarse al peristilo dos caballos de Athos conducidos por Grimaud, que ya estaba calzado para el camino.
–– Blaisois, esta carta para el vizconde de Bragelonne. Para todo el mundo he ido a Pa-rís. Os ruego cuidéis de la casa, Blaisois.
Éste se inclinó, abrazó a Grimaud y cerró la ventana.
Capítulo 17.- Búscase a Aramís, encuéntrase a Bázin.
No habían pasado dos horas desde la marcha del amo de la casa; quien a la vista de Blaisois había tomado el camino de París cuando un jinete montado en un buen caballo pío paróse delante de la verja, y un ¡hola! sonoro llamó a los palafreneros que aún hacían corro .con los jardineros alrededor de Blaisois, historiador ordinario de la gente de librea del castillo. Este ¡hola!, conocido, indudablemente, de maese Blaisois, le