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   Esta era la palabra con, cuyo auxilio Artagnan, hecho un sabio, terminaba cada pensa-miento y cada período de su estilo. En otro tiempo decía ¡pardiez!, lo cual era un espola-zo; pero ahora, ya había madurado, y murmuraba ese ¡bah! filosófico que sirve de brida a todas las pasiones.

   Capítulo 18.- Búscase a Porthos, Encuéntrase a Mosquetón

   Cuando Artagnan estuvo bastante persuadido de que la ausencia del señor vicario gene-ral era positiva, y de que no podía encontrar a su amigo ni en Melún ni en sus cercanías, dejó a Bazin sin disgusto, dirigió, una ojeada burlesca al magnífico castillo de Vaux, que comenzaba a brillar con aquel esplendor que causó su ruina, y pellizcándose los labios como quien está lleno de desconfianza y de sospechas, aguijoneó a su caballo pío dicien-do:
   –– Vamos, vamos, no es–– aquí, si no en Pierrefonds, donde encontraré el hombre me-jor y el mejor cofre. No necesito más que esto, puesto que ya tengo la idea.   
   Haremos gracia al lector de los incidentes prosaicos del viaje de Artagnan, que llegó a Pierrefonds en la mañana del tercer día. Artagnan llegaba por el camino de Nanteu llega Audouin y Crécy, y divisó desde lejos el castillo de Luis de Orleáns que, convertido en propiedad de la Corona, estaba guardado por un anciano conserje. Era una de esas gran-diosas fortalezas de la Edad Media, con murallas de veinte pies de espesor y torres de cien pies de altura.
   Artagnan costeó esas murallas, midió con la vista sus torres y bajó al valle. Desde lejos dominaba el castillo de Porthos, situado a orillas de un inmenso estanque, y lindando con un hermoso bosque. Es el mismo que ya hemos tenido el gusto de describir a nuestros lectores, por lo cual nos contentaremos con indicarlo. Lo primero que distinguió Artag-nan después

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