––Procura que comamos solos ––dijo Artagnan––; he de hablarte. Planchet miró a su antiguo amo de manera significativa.
–– ¡Oh! Tranquilízate, no se trata de nada desagradable ––observó Artagnan.
–– ¡Tanto mejor!
Y Planchet respiró, mientras Artagnan se sentaba muy tranquilamente en la tienda sobre un fardo de mercancías y observaba el interior del establecimiento. La tienda estaba muy bien provista y en ella se respiraba un perfume de jengibre, canela y pimienta molida que hizo estornudar a Artagnan.
Los mozos, satisfechos de ver de cerca a un hombre de guerra tan famoso, a un teniente de mosqueteros que vivía al lado del rey, se pusieron a trabajar con ardor musitado y a servir a los parroquianos con un desdén que fue advertido por todos.
Planchet guardaba el dinero en el cajón y hacía sus cuentas, dirigiendo a la vez algunas palabras a su amo. Planchet hablaba poco con los compradores y les trataba con esa fami-liaridad altanera del vendedor rico, que sirve a todo el mundo, pero que no tiene conside-ración a nadie, lo cuál observó Artagnan, con placer que analizaremos más tarde. Vio poco a poco avanzar la noche, y al fin le condujo Planchet a una habitación del primer piso, donde les esperaba una mesa bien servida entre los sacos y las cajas.
Artagnan aprovechóse del momento de espera para considerar el rostro de Planchet, a quien no había visto hacía un año. El inteligente Planchet había echado vientre, pero no se le habían inflado los carrillos. Su penetrante mirada aún jugaba con facilidad en sus profundas órbitas, y la obesidad, que nivela todas las prominencias características del semblante