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palacio real, y me dijeron quién era. Respecto al primogénito, sólo le conozco de nombre.
   ––––A ese hijo primogénito; que antes se llamaba el príncipe de Gales; y ahora Carlos II, rey de Inglaterra es al que vamos a parar.
   ––Rey sin reino; señor ––dijo Planchet.
   ––Justamente, y puedes añadir, príncipe desdichado, más desgraciado que un hombre del pueblo, perdido en el barrio más miserable de París.
   Planchet hizo un gesto, lleno de esa compasión indiferente que se concede a los extra-ños.
   Por otra parte, no veía en aquella disertación, político sentimental, ningún indicio de la idea mercantil de Artagnan, y ésta era la que preocupaba a Planchet. El mosquetero, habi-tuado a conocer los hombres y las cosas; comprendió a su antiguo criado
   ––Prosigamos nuestro, asunto ––dijo––. Ese joven príncipe de Gales, monarca sin re-ino, como tú dices muy bien, me ha interesado mucho. Le he visto mendigar el auxilio de Mazarino, que es un pícaro, y el de Luis XIV, que es un niño, y me ha parecido a mí; que conozco bien estas cosas, que su mirada inteligente y la nobleza de su aspecto, eran dig-nas de un hombre de corazón y de un rey.
   Planchet aprobó tácitamente; pero sin traslucir adónde iba a parar su amo, que prosi-guió.
   ––Mira, pues, el razonamiento que he hecho y fíjate bien, porque llegamos a la conclu-sión,
   ––Estoy atento.
   ––Los reyes no abundan tanto en la tierra que los pueblos los encuentren dondequiera que los necesitan. Así es que a mi juicio, ese rey sin reino es una semilla reservada que debe florecer en una estación cualquiera;

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