––dijo—, no me atrevería a contar esto a Athos; el medio es poco honroso. Es preciso usar de violen-cia, necesariamente, sin comprometer para nada mi fidelidad. Con cuarenta hombres re-correré la campiña como partidario; pero si encuentro, no digo cuarenta mil ingleses, co-mo decía Planchet, sino simplemente cuatrocientos, seré derrotado, en atención a que de mis cuarenta guerreros habrá diez por lo menos que se dejarán matar por brutos. No es posible tener cuarenta hombres leales; no existen. Preciso será contentarse con treinta. Con diez hombres menos, tendré derecho a evitar un encuentro a mano armada por el escaso número de mi gente, y si el encuentro se realiza, siempre mi elección será más cierta sobre treinta hombres que sobre cuarenta. Además, economizo cinco mil francos; es decir, la octava parte de mi capital, lo cual vale algo. Eso dicho, tendré, por tanto, treinta hombres. Los dividiré en tres secciones y recorreremos el país con la consigna de reunirnos en un momento dado; de esta manera de diez en diez no damos la menor sospe-cha y pasamos desapercibidos. Sí, sí, treinta, es buen número, pues tiene tres decenas: ¡tres! Número divino. Y la verdad, una compañía de treinta hombres, cuando esté reuni-da, siempre tendrá algo de imponente... ¡Ah! ¡Infeliz de mí! ––continuó Artagnan––. Se necesitan treinta caballos, y esto es ruinoso. ¿Dónde diablos tenía la cabeza cuando olvi-daba los caballos? Sin embargo, no se puede ni soñar dar un golpe semejante sin caballos. Pues bien, sea; haremos ese sacrificio, a no ser que los tomemos en el país, que tampoco son malos, por otra parte. ¡Diantre! También se me olvidaba, tres pelotones exigen tres comandantes, y ésa es la dificultad; de los tres comandantes, ya tengo uno, que soy yo; sí, pero los otros dos costarán ellos solos tanto dinero como el resto de la tropa. No, decididamente no será menester más que un capitán. Pero, entonces, reduciré mi tropa a veinte hombres. Bien