monedas blancas fueron recogidas por personas que se ocultaron; mientras los marineros se despedazaban mutuamente.
Solamente los dos hombres del banco y los ocho del interior, por más que pareciesen en un todo indiferentes entre sí, sólo, decimos, estos diez hombres parecía que estaban con-venidos para permanecer impasibles en medio de los gritos, del furor y del ruido del dine-ro. Dos de ellos solamente se limitaron a rechazar con el pie a los combatientes que iban hasta debajo de su mesa.
Otros dos sacaron las manos de los bolsillos, pero sin tomar parte en la baraúnda, y otros dos, en fin, subiéronse sobre la mesa que ocupaban, como hacen para evitar ser su-mergidas las personas, sorprendidas por una avenida de agua.
–– ¡Ea! ––dijo interiormente Artagnan, que no había perdido ninguna de las circunstan-cias que acabamos de relatar––. ¡Bonita colección! Circunspectos, tranquilos, habituados al ruido, hechos a los golpes. –– ¡Pardiez! Buena mano he, tenido.
De repente fijó su atención en un punto de la sala.
Los dos hombres que habían dado con el pie a los combatientes, fueron insultados atrozmente por los marineros que acababan de reconciliarse.
Uno de ellos, medio embriagado de cólera y completamente de cerveza, se llegó al más pequeño de aquellos otros a interrogarle con qué derecho había tocado con su pie a cria-turas de Dios que no eran perros, y al hacer esta interpelación, puso, para hacerla más directa, su fuerte puño en la nariz del recluta de Artagnan;
Aquel hombre se puso pálido, sin poderse apreciar si la causa era el miedo o la cólera. Viendo lo cual el marinero dedujo que era por temor, y levantó el puño con la intención bien manifiesta de dejarlo caer sobre la