peldaños de una escalera de ca-racol.
–– ¿Sois bastante valiente para seguirme, señor caballero errante? ––preguntó la joven riéndose de la duda que había manifestado Raúl. Éste respondió siguiendo la obscura escalera. Así subieron tres pisos, él detrás de ella, y tocando con sus manos una ropa de seda que rozaba por las paredes de la escalera. Cada vez que Raúl daba un taba un chito severo y le tendía una mano suave y perfumada.
––Se subiría así hasta la torre del castillo, sin curarse del cansancio en falso, su conduc-tora le gricio ––dijo Raúl.
––Lo cual significa, caballero, que estáis muy fatigado y muy inquieto; pero tranquili-zaos, ya hemos llegado.
La joven empujó una puerta, y al instante, sin transición alguna, llenóse de un torrente de luz la escalera.
La joven; marchaba, él la seguía; ella entró en una cámara, Raúl también.
Al momento oyó dar un grito se volvió a dos pasos, con las manos juntas y los ojos ce-rrados; a aquella hermosa joven rubia, de ojos azules y de blancos hombros, que al cono-cerle le había llamado Raúl.
La vio y advirtió tanto amor y tanta felicidad en la expresión de sus ojos, que se dejó caer en medio de la sala murmurando el nombre de Luisa.
–– ¡Ah! ¡Montalais! ¡Montalais! ––exclamó ésta suspirando––. Es un gran pecado en-gañar de este modo.
–– ¡Yo! ¿Yo os he engañado?
––Sí, me dijisteis que íbais a adquirir noticias, y hacéis subir aquí al caballero.
––Eso era preciso. De otro modo, ¿cómo había de recibir la carta que le escribíais?