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el general Lambert, imitan-do a Cromwell, del cual había sido lugarteniente, concluía de bloquear tan estrechamente, para obligarle a hacer su voluntad, que ningún miembro durante el bloqueo había podido salir de él, y sólo uno, Pedro Wertwort, había logrado entrar.
   Lambert y Monk: todo se resumía en estos, dos hombres, representantes el primero del despotismo militar, y el segundo del republicanismo puro. Estos dos hombres eran los únicos representantes de esta revolución en la que Carlos I perdió su corona, y después a la vida. Lambert no disimulaba sus miras, que se dirigían a establecer un gobierno pura-mente militar, y a constituirse en jefe de este gobierno. Monk, decían unos, republicano intransigente, quería mantener el rump parliament, representación visible, aunque degene-rada, de la república. Monk, diestro, ambicioso, lo hacían otros, deseaba convertir este Parlamento, al que parecía, proteger, en sólido escalón para subir al trono que Cromwell había dejado vacío, mas sobre el cual no se había decidido a sentarse. Y Lambert, persiguiendo al Parlamento, y Monk, declarándose por él, se habían manifestado adversarios uno de otro.
   De esta manera, Monk y Lambert habían pensado antes de todo en adquirir cada cual un ejército; Monk en Escocia, donde permanecían los presbiterianos y los realistas, es decir, los descontentos; Lambert en Londres, donde se hallaba como siempre la más ruda oposición contra el poder que delante de sus ojos tenía.
   Monk había pacificado a Escocia, donde se había formado un ejército y creado un asilo. Sabía que aún no había llegado la hora señalada por el Señor para un gran cambio, así es que su espada parecía pegada a la vaina. Inexpugnable en su feroz y monstruosa Escocia, general absoluto, rey de un ejército de once mil soldados veteranos, que mas de una vez había

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