en la capa, lo cual hizo que el patrón no pudiese verle, por grande que fuera su curiosidad. En cuanto al caballero, igno-rando que tan cerca tuviera compatriotas, no paró la atención en la pequeña caravana.
El ayudante instaló a sus huéspedes en una tienda bastante capaz, de donde fue desalo-jada una cantinera irlandesa que fue a acostarse con sus hijos donde la suerte la deparó. Una buena fogata ardía delante de esta tienda, y extendía su resplandor purpúreo sobre los húmedos matorrales del pantano, que rizaba una brisa bastante fresca. Hecha la insta-lación, el ayudante de campo dio las buenas noches a los marineros, haciéndoles observar que desde el umbral de la tienda veíanse las jarcias de la barca que se balanceaba sobre el Tweed, prueba patente de que aún no se había ido a pique. Este espectáculo pareció ale-grar infinitamente al jefe de los pescadores.
Capítulo 24.- El Tesoro
El caballero francés que Spithead anunciara a Monk, y que tan bien envuelto en su capa había pasado al lado del pescador que salía de la tienda del general cinco minutos antes de que él entrase, atravesó los diferentes puestos sin dirigir siquiera la vista en derredor suyo, temeroso de parecer indiscreto. Según las órdenes dadas, fue conducido a la tienda del general, en cuya antecámara le dejaron solo aguardando a Monk, que no tardó en pre-sentarse más tiempo que el necesario para escuchar el informe de su gente y estudiar por el tabique de lienzo el rostro del que pedía una entrevista.
Sin duda el informe de los que habían acompañado al gentilhombre francés hablaba de la discreción conque se condujo; porque la primera impresión que sintió el extranjero de la acogida que se le hacía por parte del general, fue más favorable de lo que debía espe-rarse en semejante