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momento, y de parte de un hombre tan suspicaz. Monk, por su parte, según su costumbre, cuando se halló en presencia del extranjero, fijó en él sus penetrantes miradas, que el extranjero sostuvo sin dificultad ni embarazo. Después de algunos segun-dos, el general le hizo una seña con la mano y con la cabeza en demostración evidente de que aguardaba.
   ––Milord ––dijo el gentilhombre en correcto inglés––, he pedido una entrevista a Vues-tro Honor, para un asunto importante.
   ––Caballero ––contestó Monk en francés––, muy puramente habláis nuestra lengua pa-ra un hijo del continente. Os pido perdón, porque sin duda es indiscreta la pregunta: ¿habláis el francés con igual pureza?
   ––Nada tiene de extraño, milord, que hable inglés con bastante familiaridad, porque en mi juventud viví en Inglaterra, y después he hecho a ella dos viajes.
   Estas palabras fueron dichas en francés y con tal pureza de lenguaje que denunciaba no solo a un francés, sino también a un francés de las cercanías de Tours.
   –– ¿Y en qué parte de Inglaterra habéis vivido, caballero?
   –– Durante mi juventud en Londres, milord; luego, hacia el año 1635, hice un viaje de placer a Escocia, y por último, en 1648, habité algún tiempo en Newcastle, particularmente en el convento, cuyos jardines se encuentran ocupados por vuestro ejército.
   ––Dispensadme, caballero, pero... ya comprenderéis estas preguntas, ¿no es cierto?
   ––Me sorprendería, milord, que no se me hicieran.   
   ––Ahora, caballero, ¿qué puedo hacer en vuestro servicio y qué deseáis de mí?
   ––Helo aquí, milord; pero, ¿estamos solos?

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