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   Apareció el ayudante de campo.   
   ––Cincuenta hombres armados espada y mosquete ––dijo.
   Y miró a Athos.
   ––A muy poco ––dijo éste–– si hay peligro, y demasiado si no le hay.
   ––Iré solo ––dijo el general Monk de pronto––. Digby, no necesito a nadie. Vamos, se-ñor.

   Capítulo 25.- El Pantano

   Athos y Monk atravesaron desde el campamento en dirección al Tweed aquella parte del terreno que Digby había hecho salvar a los pescadores, desde el Tweed al campamento. El aspecto de este sitio, el aspecto de los cambios que en él habían realizado los hombres, era el más a propósito para el mayor efecto sobre una imaginación delicada y   viva como la de Athos. Athos sólo miraba a estos desolados lugares; Monk no miraba más que a Athos; a Athos, que clavando unas veces los ojos en el cielo, otras en la tierra, investigaba, pensaba y suspiraba.
   Digby, a quien la última orden del general, y principalmente el acento con que la había dado, le conmovió al principio, siguió unos veinte pasos a dos nocturnos paseantes; mas habiéndose vuelto el general, como sorprendido de que no se cumpliesen sus órdenes, el ayudante de campo comprendió que era indiscreto y volvió a su tienda.
   Supuso que el general quería hacer de incógnito en su campo una de esas revistas de vigilancia que todo buen capitán no deja de hacer la víspera de un trance decisivo; en este caso se explicaba la presencia de Athos, como un inferior se explica lo que es misterioso por parte de su jefe. Athos podía ser, y, aun debía serlo a los ojos de Digby, un espía cu-yas noticias iban a ilustrar al general.   
   Después de diez minutos de marcha o poco menos entre las tiendas y los

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