puestos avan-zados, entró Monk en una calzada estrecha que dividíase en tres brazos. La de la izquier-da conducía al río, la de en medio a la abadía de Newcastle sobre el pantano, y la de la derecha atravesaba las primeras líneas del campamento de Monk, esto es, las más inme-diatas al ejército de Lambert.
Al otro lado del río había un puesto avanzado que pertenecía al ejército de Monk, que vigilaba al enemigo y que se componía de ciento cincuenta escoceses. Habían pasado el Tweed a nado, y en caso de ataque debían repasarlo del mismo modo dando la alarma, mas como no había puente en este sitio, y como los soldados de Lambert no eran tan prontos en arrojarse al agua como los de Monk, éste no parecía sentir gran sobresalto por esta parte.
Del lado de acá del río, y a quinientos pasos poco más o menos del antiguo convento, tenían los pescadores su vivienda en medio de un hormiguero de tiendas pequeñas levantadas por los soldados de los clanes vecinos que tenían consigo a sus esposas y a sus hijos.
Toda esta confusión ofrecía, a los rayos de la luna un golpe de vista sorprendente. La penumbra hacía más agradables sus detalles, y la luz aduladora, que tan sólo se fija en la parte bella de las cosas, hacía resplandecer el punto todavía intacto de los mohosos arca-buces, y la parte más blanca de cualquier pedazo de lienzo.
Monk llegó, por tanto, con Athos, atravesando este paisaje sombrío iluminado por dos luces, la argentada de la luna y la rojiza de los moribundos fuegos, a la encrucijada que hemos mencionado. Allí se detuvo, y dirigiéndose a su compañero:
––Caballero ––dijo––, ¿conocéis el camino?
––General, si no me equivoco, la calzada de en medio conduce recta a la