Inicio   [800x750]    Acerca de


ello no impide que cada uno considere la suya, no sólo como la buena, sino como la mejor: ¿Cuál es la vuestra, caba-llero? Hablad francamente, y veamos si sobre ese punto, al cual parece que dais gran im-portancia, somos del mismo parecer.
   Athos fijó en Monk una de esas miradas profundas que parecen desafiar al que van di-rigidas, a que oculte uno sólo de sus pensamientos; y levantando en seguida su sombrero empezó con voz solemne, mientras su interlocutor, con una mano en el rostro, abarcaba barba y bigote, al propio tiempo que su mirada vaga y melancólica erraba por las profun-didades del subterráneo.

   Capítulo 26.- Corazón y Cabeza

   ––Milord ––dijo el conde de la Fère––, sois un noble inglés y un hombre leal, y habláis a un noble francés, a un hombre de corazón. El oro contenido en estos dos barriles os he dicho que me pertenecía, mas he dicho mal; ésta es la primera mentira que en mi vida he dicho, pero mentira momentánea; ese oro es propiedad del rey Carlos II, desterrado de su patria, echado de su palacio, huérfano a la vez de padre y del trono, y privado de todo, aun de la triste ventura de besar de rodillas la piedra donde la mano de sus asesinos escri-bió este sencillo epitafio, que eternamente clamará venganza contra ellos: “Aquí yace el rey Carlos I”.
   Monk palideció, y un imperceptible escalofrío arrugó su cutis y erizó su bigote carp.
   ––Yo ––continuó Athos––, yo, el conde de la Fère; el único, el último leal que queda al pobre príncipe abandonado, le he ofrecido venir en busca del hombre de quien depende hoy la suerte de la realeza en Inglaterra; y he llegado y me he presentado a las miradas de este hombre, y entregándome desnudo y desarmado en sus manos y diciéndole Milord, éste es el único

Capítulo disponible en: Inglés Francés Rumano Siguiente