de un remo que batía sordamente a su derecha en el pantano.
–– ¿Quién vive? ––gritó. Pero nadie respondió.
Entonces montó la pistola, empuñó la espada, y aceleró el paso sin querer llamar a na-die. Este llamamiento, cuya urgencia no era absoluta, le parecía indigno de un hombre como él.
Capítulo 27.- La Mañana Siguiente
Eran las siete de la mañana: los primeros albores del día ––iluminaban los pantanos, en los que se reflejaba el sol como una bala encendida, cuando Athos, despertando y abriendo la ventana de su aposento que daba a la orilla del río, distinguió a quince' pasos de distancia, aproximadamente, al sargento y a los hombres que le habían acompañado la víspera, y que, después de haber depositado los barriles en su casa, habíanse vuelto al campamento por la calzada de la derecha.
¿Por qué regresaban estos hombres después de haberse marchado al campamento? Tal era la pregunta que acudió a la imaginación de Athos.
El sargento, con la cabeza alzada, parecía acechar el instante en que apareciese el caba-llero para interpelarle: Asombrado Athos de encontrar allí a quien había visto marchar la víspera, no pudo menos de demostrar su asombro.
––No tiene nada de extraño, caballero ––dijo el sargento––, porque ayer me mandó el general que velara por vuestra seguridad, y debí obedecer la orden.
–– ¿Está el general en el campamento? ––preguntó Athos.
–– ¿Por qué no? ¿No le dejasteis ayer cuando se marchaba?
––Pues bien, esperadme; voy allá para darle cuenta de la fidelidad con que habéis des-empeñado vuestro encargo, y a fin de tomar mi espada, que dejé ayer sobre una mesa.