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   ––Me alegro mucho ––dijo el sargento––, porque iba a suplicaros lo mismo.
   Athos creyó observar cierto aire de bondad equívoca en el rostro del sargento; pero la aventura del subterráneo podía haber excitado su curiosidad de este hombre, y no era raro, en tal caso, que dejase ver en su semblante algo de los sentimientos que agitaban su ánimo.
   Athos cerró cuidadosamente las puertas, y confió las llaves a Grimaud, que había esco-gido su domicilio bajo el mismo colgadizo que conducía a la bodega donde estaban ence-rrados los barriles. El sargento escoltó al conde de la Fère hasta el campamento. Allí, otra guardia esperaba y relevó a los cuatro hombres que habían conducido a Athos.
   Esta nueva guardia era mandada por el ayudante de campo Digby, el cual, durante el trayecto, clavó sobre Athos unas miradas tan poco tranquilizadoras, que el francés se pre-guntó de dónde provenía aquella vigilancia y severidad cuando la víspera lo habían deja-do completamente libre.
   Prosiguió, pues, su camino hacia el cuartel general, encerrando en sí mismo las obser-vaciones que le obligaban a hacer los hombres y las cosas. En la tienda del general, donde fue introducido la víspera, halló a tres oficiales superiores, que eran el lugarteniente de Monk y dos coroneles. Athos reconoció su espada, que aún estaba sobre la mesa del ge-neral, en el mismo puesto en que la había dejado.
   Ninguno de los oficiales había visto a Athos, y ninguno, por tanto, le conocía.
   Entonces le preguntó el lugarteniente de Monk si era el mismo caballero con quien el general había salido de la tienda.
   ––Sí, señor ––contestó el sargento––, el mismo es.

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