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confiado esta noche un depósito sobre el cual debo vigilar. Ponedme la guardia que gustéis, condenadme si os parece, pero dejadme por cárcel la casa que habito. Os aseguro que el general os haría un cargo por haberle disgustado en esto.
   Los oficiales consultáronse un momento, y, después de esta consulta dijo el lugarte-niente:
   ––Bien, señor, regresaréis a vuestra casa.
   Luego, dieron a Athos una guardia de cincuenta hombres que lo encerró en su casa, sin perderlo de vista un solo instante.
   El secreto quedó guardado; mas las horas y los días pasaron sin que el general volviese y sin que nadie tuviese noticias suyas. ,

   Capítulo 28.- El Contrabando

   Dos días después de los acontecimientos que hemos relatado, y mientras esperaban a cada instante en su campamento al general Monk, que no regresaba, una pequeña falúa holandesa, tripulada por diez hombres, echó el ancla en la costa de Scheveningen, a un tiro de cañón poco más o menos de tierra. Era noche cerrada, mucha la obscuridad, y la hora excelente para desembarcar viajeros o mercancías. La rada de Scheveningen forma una especie de media luna, es poco profunda, y, sobre todo, poco segura.; de modo, que no se ven estacionar en ella sino grandes buques flamencos, o esas barcas holandesas que los pescadores sacan a la arena sobre ruedas, como hacían los antiguos; según asegura Virgilio. Cuando se hinchan las olas y empuja la corriente hacia tierra, no es muy pruden-te dejar que las embarcaciones lleguen demasiado cerca de la costa; porque si hace viento fresco, como la arena de la costa es movediza y esponjosa, los buques encallan y no es fácil sacarlos de nuevo a flote. Por esta razón, sin duda, la chalupa desprendióse del bu-que en el instante que éste echó

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