ancla, que llegó a tierra con ocho de sus marineros, en medio de los cuales se divisaba un objeto de forma oblonga que parecía un gran fardo o canasto.
La ribera estaba desierta, y los pocos pescadores que habitaban la playa se habían acos-tado. El único centinela que custodiaba la costa (mal guardada, por ser imposible el des-embarco de un buque de gran porte), sin poder seguir el ejemplo de los pescadores que fueron a descansas, les había imitado en cuanto a dormir en el fondo de su garita, tan pro-fundamente como aquéllos lo hicieran en sus amas. El único ruido que se oía era el silbido de la brisa nocturna; corriendo por entre los arbustos de la playa. Pero, sin duda, eran desconfiadas aquellas gentes que se acercaban, pues no las tranquilizaban ese silencio real ni esta soledad aparente. .Así es que su chalupa, visible apenas como un punto sombrío en el Océano, se deslizó sin ruido, evitando remar, y fue a tocar tierra en un sitio más cercano.
Apenas tocó fondo, un solo hombre saltó fuera de la barca, después de dar una breve orden con voz que denotaba la costumbre del mando. A consecuencia de esta orden relucieron inmediatamente muchos mosquetes a las débiles claridades del mar, y el fardo oblongo de que ya hemos hablado, que sin duda guardaba algún objeto de contrabando, fue transportado a tierra con muchas precauciones. Al mismo tiempo, el hombre que había desembarcado primero, corrió diagonalmente hacia, la aldea de Scheveningen, dirigiéndose al extremo mas avanzado del bosque. Allí buscó la casa que ya hemos entre-visto en una ocasión a través de los árboles, y que designamos entonces como la morada provisional y modesta de aquel a quien por cortesía llamaban rey de Inglaterra.
Dormían todos allí como en la playa; sólo un perro enorme de la casta de