hombre pudiera moverse cómodamente en él. El fondo y las paredes estaban acolchados, y formaban un lecho bastante dulce para que los vaivenes no pudieran convertir aquella caja en una especie de trampa. La rejilla de que Artagnan había hablado al rey, era semejante a la visera de un casco, y estaba colocada a la altura de la cabeza del hombre, y fabricada de tal modo, que la me-nor presión podía ahogar un grito, y, en caso necesario la persona que gritase.
Artagnan conocía tan bien a su tripulación y a su prisionero, que había temido dos co-sas durante el camino, o que el general prefiriese la muerte a tan extraña esclavitud y se hiciese ahogar a fuerza de querer gritar, o que su gente se dejara seducir por las ofertas del prisionero, y lo pusiesen a él en la caja en lugar de Monk.
Así es que Artagnan había pasado los dos días y, las dos noches cerca del cofre, solo con el general ofreciéndole vino y alimentos que había rehusado, y siempre pretendiendo tranquilizarle sobre el destino que le aguardaba después de tan extraño cautiverio. Dos pistolas sobre la mesa y su espada desnuda aseguraban a Artagnan con respecto a las in-discreciones de afuera.
Pero al llegar a Scheveningen quedó absolutamente tranquilo. Sus, hombres temían mucho todo conflicto con los señores de la tierra, y además había interesado en su causa a aquél que moralmente le servía de teniente, y a quien hemos oído responder al nombre de Menneville. Éste no era un hombre vulgar, pues tenía que arriesgar más que los otros, a causa, de que tenía mas conciencia. Creía en un porvenir al servicio de Artagnan, y por tanto, primero se hubiese hecho despedazar que violar la consigna dada por el jefe. De suerte que, al punto que desembarcaron, Artagnan le confió la caja y la respiración del general, mandándole al mismo tiempo