recibidas, estáis pagados, según nuestro convenio. Separémonos, pues, hijos míos.
–– ¿Pero y el barco?
–– No os sobresaltéis por eso. Nuestros efectos están en la falúa.
––Iréis a buscarlos, y al momento os pondréis en marcha.
––Bien, mi comandante. Artagnan se volvió hacia Monk, y le dijo:
––Caballero, espero vuestras órdenes, porque vamos a marchar juntos, a menos que mi compañía ha os sea desagradable.
––Al contrario, caballero ––dijo Monk.
–– ¡Vamos, señores, a bordo! –– gritó el hijo de Kéyser.
Carlos saludó dignamente al general, y le dijo:
––Me perdonaréis el contratiempo y la violencia que habéis sufrido, cuando estéis per-suadido de que no los he causado yo.
Monk se inclinó profundamente sin responder. Carlos, por su parte, afectó no decir una palabra, en particular a Artagnan; pero en voz alta:
––Gracias os doy otra vez, caballero ––le dijo––; gracias por vuestros servicios. Ya os serán pagados por Dios, que espero reserve para mí solo el sufrimiento y las pruebas.
Monk siguió a Kéyser y a su hijo, y se embarcó con ellos.
Artagnan los siguió, murmurando:
–– ¡Ah! ¡Mi pobre Planchet! Mucho temo que hayamos hecho una mala especulación.
Capítulo 30.- Las Acciones de “Planchet y Cía” se emparejan
Durante la travesía, Monk no dirigió la palabra a Artagnan sino en los casos de necesi-dad urgente. De modo que cuando el francés tardaba en presentarse a la hora de la comi-da (pobre comida, compuesta de pescado salado, galleta y ginebra), Monk le invitaba: