–– ¡A la mesa, señor!
Esto era todo cuanto le decía. Justamente, porque Artagnan era en las grandes ocasiones en extremo conciso, no sacó de esta concisión ningún favorable augurio para el éxito de su misión. Además, como tenía mucho tiempo de sobra, se quebraba la cabeza investi-gando cómo había visto Athos a Carlos II; cómo había tramado con él aquel viaje, y có-mo, por fin, había entrado en el campamento de Monk; y el pobre teniente de mosquete-ros se arrancaba un pelo de su bigote cada vez que pensaba en Athos era sin duda el caba-llero que acompañaba Monk la famosa noche del rapto.
En fin, después de dos noches y dos días de navegación, el patrón Kéyser tocó tierra en el lugar donde Monk, que había dado las órdenes durante la travesía, mandó que lo des-embarcasen. Era, precisamente, la embocadura de aquel río, cerca del cual había elegido Athos su habitación.
El día declinaba, y un sol hermoso, semejante a un escudo de hierro candente, sumergía la extremidad inferior de su disco en la línea azul del mar. La falúa seguía sirgando y remontando el río, muy ancho en aquel sitió; pero Monk, en medio de su impaciencia, mandó saltar en tierra, y la canoa de Kéyser condújolo en compañía de Artagnan a la fan-gosa orilla del río, entre juncos y cañas.
Artagnan, resignado a la obediencia; siguió a Monk del mismo modo que el oso enca-denado signe a su dueño; pero su posición le humillaba en demasía, y murmuraba en voz baja que el servicio de los reyes era muy penoso, y que el mejor de todos no valía nada.
Monk andaba a pasos apresurados. Hubiérase dicho que aún no estaba muy seguro de haber reconquistado la tierra de Inglaterra, aun cuando ya se divisaban claramente las pacas casas de los marineros y pescadores;