–– ¡Ah! ––exclamó Raúl.
–– ¿Y no estoy yo aquí que valgo por todos, los correos del reino? ¡Pronto! ¡A caballo, y que si la señora de Saint––Rèmy sube a echarme un sermón de maraí, que ya no os en-cuentre aquí!
––Todo se lo dirá a mi padre; ¿no es verdad? –– murmuró Raúl ––.¡los reñirá!
–– ¡Ah, vizconde! Ya se ve que venís de la Corte; sois miedoso como el rey: ¡Vaya!
–– ¡Aquí, en Bleis, nos pasamos muy bien sin el consentimiento de papá. Preguntádselo a Malicorne.
Y al pronunciar estas palabras, la joven puso a Raúl en la puerta empujándole por los hombros; éste se deslizó a lo largo del porche, montó a caballo, y partió a todo escape como si llevara detrás á los ocho guardias de Monsieur.
Capítulo 4.- Padre e Hijo
Raúl continuó, sin detenerse, el camino de Blois a la casa en que vivía el Conde de la Fère.
El lector nos dispensará una retratada descripción. Ya en otros tiempos hemos penetra-do allí juntos y la conoce.
Sólo que, desde la última vez que la cogimos, los muros se han obscurecido algo por razón de la intemperie; los árboles han crecido, y algunos que antes extendían apunas sus flexibles ramas por entre las desigualdades del suelo, acopados ahora y espesos, extien-den su ramaje arenado de vegetación; ofreciendo al viajero flores y frutos:
Raúl distinguió desde lejos el caballete del tejado; las dos torrecillas desde las que se divisaba su casa solariega, y vio también entre los olmos su palomar, a los pichones que revoloteaban alrededor del cono de