––Los pescadores que me han traído os ayudarán a transportarlos a bordo. Marchad, si es posible, dentro de una hora.
––Sí, general ––dijo Athos.
–– ¡Señor de Artagnan! ––gritó Monk por la ventana.
Artagnan subió corriendo.
––Abrazad a vuestro amigo y despedíos de él; caballero, porque vuelve a Holanda.
–– ¡A Holanda! ––dijo Artagnan––. ¿Y yo?
––Sois libre en seguirle, señor; pero ruego os quedéis ––dijo Monk––. ¿Me lo negáis?
–– ¡Oh! No, general, a vuestras órdenes.
Artagnan abrazó a Athos, y tan sólo tuvo tiempo de decirle adiós. Monk, que los vigila-ba entretanto, cuidó por sí mismo los preparativos de la marcha, de la conducción de los barriles a bordo y de que Athos se embarcara. Y tomando en seguida del brazo a Artag-nan, pasmado y conmovido, lo condujo hacia Newcastle. Al mismo tiempo que andaban, el mosquetero iba diciendo en voz baja:
–– ¡Vamos, vamos, me parece que suben las acciones de la casa “Planchet y Compa-ñía”!
Capítulo 31.- El Golpe de Monk
Así como se prometiera un desenlace más feliz tampoco había llegado Artagnan a com-prender bien la situación. Era para él un grave asunto de meditación aquel viaje de Athos a Inglaterra, su alianza con el rey, y el singular enlace de su pensamiento con el del conde de la Fère. Lo mejor era dejarse ir con la corriente. Había cometido una imprudencia, y habiéndolo alcanzado todo, encontrábase, no obstante, sin ninguna de las ventajas del triunfo. Y puesto que todo estaba perdido, nada se arriesgaba