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ya.
   Artagnan siguió a Monk a su campamento, donde la vuelta del general había causado un efecto maravilloso, porque todos le creían perdido. Pero Monk, con su rostro austero y su aspecto glacial, parecía que preguntaba a sus oficiales y soldados la causa de su ale-gría. De modo que dijo al lugarteniente, que había salido a su encuentro, atestiguándole la inquietud que experimentó por su .ausencia:
   –– ¿Por qué eso? ¿Estoy acaso obligado a daros cuenta de mis acciones?   
   ––Señor, las ovejas sin pastor pueden temblar.
   –– ¡Temblar! ––contestó Monk con su voz tranquila y poderosa––. ¡Ah, caballero! ¡Qué palabra! ... Si mis ovejas no tienen dientes ni uñas, renuncio a ser su pastor. ¡Oh! ¡Vos tembláis, caballero!
   –– General, por vos...   
   ––Mezclaos en lo que os concierna, y si yo no poseo el espíritu que Dios enviaba a Oli-verio Cromwell, tengo el que me ha enviado, con el cual me contento, por escaso que sea.
   El oficial no contestó, y habiendo impuesto Monk silencio a su gente de este modo, to-dos quedaron persuadidos de que había llevado a cabo un asunto importante, o que había hecho una prueba con respecto a ellos. Esto era conocer muy poco aquel genio paciente y escrupuloso. Si Monk tenía la buena fe de los puritanos, sus aliados, debió dar las gracias fervorosamente al santo patrono que le había sacado de la caja del señor de Artagnan.
   Mientras sucedían estas cosas, no cesaba de repetir nuestro mosquetero:
   ––Dios mío, haz que el señor Monk no tenga tanto amor propio como yo; porque decla-ro que si alguno me hubiera metido en un cofre con aquella rejilla sobre la boca, y condu-cido encajonado de este modo como un buey,

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