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sin un estreme-cimiento de placer.
   –– ¡Diantre! ––dijo a Monk––. Esto es atrevido, caballero.
   ––Vos me acompañáis, ¿no es verdad? ––replicó Monk.
   –– ¡Cáscaras, general! Pero, decidme, si gustáis, lo que escribisteis con Athos, es decir, con el señor conde de la Fére... ya sabéis... el día de nuestra llegada.
   ––Yo no guardo secretos para vos ––contestó Monk––; escribí estas palabras: “Señor, dentro de seis semanas espero a Vuestra Majestad en Douvres.”
   –– ¡Ah! ––murmuró Artagnan––. No diré, ya que eso es atrevido; diré que está muy bien jugado el lance. ¡Magnífico golpe!
   ––Os reconocéis en él ––dijo Monk.
   Esta fue la única alusión que el general hizo sobre su viaje a Holanda.

   Capítulo 32.- Athos y Artagnan se Reencuentran en “El Cuerno de Ciervo”

   El rey de Inglaterra hizo su entrada con gran pompa eh Douvres, y después en Londres. Había ordenado que le acompañasen sus hermanos, su madre y su hermana. Hacía tanto tiempo que Inglaterra estaba entregada a sí propia, esto es, a la tiranía y a la injusticia, que esta vuelta del rey Carlos II, a quien, sin embargo, no conocían los ingleses, más que como el hijo de un hombre a quien ellos habían cortado la cabeza, fue una fiesta para los tres reinos. Así es que todas aquellas aclamaciones que acompañaban su vuelta llamaron tanto la atención del rey, que se inclinó al oído de Jack de York, su hermano más joven, para decirle:
   –– Verdaderamente, Jack, me parece ha sido falta nuestra si hemos estado tanto tiempo ausentes de un país donde tanto nos aman.
   El acompañamiento fue soberbio, y un tiempo admirable favorecía la solemnidad. Car-los había vuelto a su juventud, a su buen humor; parecía

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