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transfigurado; los corazones reían como el sol.
   Entre aquella muchedumbre ardiente de cortesanos y de adoradores, que parecían no acordarse de que ellos habían llevado al cadalso de White Hall al padre del nuevo rey; un hombre, en uniforme de teniente de mosqueteros, miraba, con la sonrisa en sus delgados labios, unas veces al pueblo, que vociferaba sus bendiciones, otras al príncipe, lleno de emoción, que a todos saludaba, y especialmente a las mujeres, cuyos ramilletes venían a caer a los pies de su caballo.
   –– ¡Qué hermoso oficio el de rey! ––exclamaba aquel hombre impulsado por su con-templación, y tan absorto, que se paró en medio del camino, dejando desfilar el séquito–– He aquí en verdad un príncipe lleno de oro y de diamantes como un Salomón, y esmalta-do de flores como un prado en primavera; allá va a sacar a manos llenas del inmenso co-fre en que sus súbditos; muy leales hoy, muy infieles ayer, le han reunido una o dos ca-rretas de barras de oro. Ahora le echan flores hasta cubrirlo, y hace dos meses, si se hubiese presentado, le habrían enviado tantas balas de cañón y de mosquete como hoy le envían flores. Decididamente, nacer de cierta manera es cosa que no desagrada a los vi-llanos que pretenden les importa poco nacer villanos.
   El séquito continuaba desfilando, y con el rey las aclamaciones comenzaban a alejarse en dirección del palacio; lo cual no impedía que nuestro oficial fuese bien atropellado.
   –– ¡Vive Dios! ––decía el razonador––. Ved toda esa gente que anda sobre mis pies, y que me mira como muy poco, o más bien como nada, en atención a que ellos son ingleses y yo francés. Si se preguntara a toda esta gente: “¿Quién es el señor de Artagnan?”, res-ponderían: –– Nescio vos. Pero que les digan: “Mirad al rey que pasa, mirad al general Monk que pasa”, y

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