ladrillos, como los recuerdos alrededor de un alma tranquila.
Cuándo se acercó más, oyó él ruido de las garruchas que reclusaban bajo el peso de los macizos cubos; y le pareció también, oír el melancólico gemido del agua que vuelve a caer en el pozo, ruido triste, monótono, solemne; que hiere el oído del niño y del poeta, soñadores; que los ingleses llaman splash, los poetas árabes gasgachau, y que nosotros los franceses, que bien quisiéramos ser poetas, no podemos traducir más que con una perífrasis: le bruit de l'eau tombant ches l'eau.
Hacía más de un año que no iba Raúl a ver a su padre. Todo ese tiempo lo había pasado al lado del príncipe de Condé:
Este gran señor, después de las antiguas parcialidades del tiempo de la Fronda, se había reconciliado con la Corte de una manera franca y solemne: Mientras había durado la divi-sión entre el rey y el príncipe, éste; pues se aficionó al de Bragelonne, le había ofrecido cuantas ventajas pueden seducir a un joven en el principio de su carrera porque siguiese su partida.
El conde de la Fère, siempre fiel a sus principios de realismo, explicados un día bajo las bóvedas de San Dionisio, hablase negando siempre en nombre de su hijo a todos los ofre-cimientos. Hizo más en lugar de seguir al Condé en su rebelión, siguió al de Turena, combatiendo incesantemente por el rey igualmente cuando Turena parece construido del agua cayendo en el agua.
Pareció abandonar la causa real, le abandonó también para ponerse de parte del de Con-dé, como antes lo hiciera del de Turena. Resultó de esta línea de conducta, que Raúl, ttan joven como era, tenía, inscritas más de diez victorias en su hoja de servicios, y ninguna derrota de que tuviera ,que sonrojarse ú conciencia.