La carta estaba escrita por Monk. De parte del general.
Capítulo 33.- La Audiencia
–– ¿Qué decís ahora? ––exclamó Athos con acento de dulce reconvención, después que Artagnan hubo leído la carta de Monk.
–– ¡Qué digo! ––respondió Artagnan rajo de placer y también un poco de vergüenza por haberse apresurado a acusar al rey y a Monk––. Es una delicadeza... que a nada com-promete, es verdad... Pero, al fin, delicadeza.
––Mucho me costaba creer que el joven príncipe fuera ingrato ––dijo Athos.
––El hecho es que su presente está todavía muy cerca de su pasado ––replicó Artag-nan––; hasta ahora, todo me daba la razón.
––Convengo en ello, amigo mío, convengo en ello. ¡ Ah! Ya no miráis tan fieramente, y no sabéis cuán dichoso soy por ello.
––De modo ––dijo Artagnan., que Carlos II recibe a Monk a las nueve, y a mí me reci-birá a las diez; esta es una gran audiencia, de esas que llamábamos en el Louvre distribu-ción de agua bendita de Corte. Vamos a ponernos bajo la gotera, mi querido amigo, va-mos.
Athos no le contestó, y ambos se dirigieron, apretando el paso, al palacio de Saint Ja-mes, que aún invadía la multitud, para ver por los vidrios las sombras de los cortesanos y los reflejos de la persona real. Las ocho de la noche tocaban cuando los dos amigos en-traban a ocupar un lugar en la galería; llena de cortesanos y de pretendientes, todos los cuales echaron una mirada sobre aquellos sencillos trajes de forma extranjera y sobre aquellas dos cabezas tan nobles y tan llenas de expresión. Athos y Artagnan, por su parte, después de haber medido en dos ojeadas toda aquella concurrencia, se pusieron a charlar juntos.