De pronto se oyó un gran ruido en las extremidades de la galería: era el general Monk que entraba acompañado de más de veinte oficiales que acechaban una de sus sonrisas, porque la víspera aún era dueño de Inglaterra, y se suponía un amanecer magnífico al restaurador de la familia de los Estuardos.
––Caballeros ––dijo Monk volviéndose a ellos––, os suplico tengáis presente que yo no soy nada. Hace poco mandaba el principal ejército de la república, pero ya pertenece al monarca, en cuyas manos voy a poner, cumpliendo sus órdenes, mi poder de ayer.
En todos los rostros se pintó una gran sorpresa; y el cerco de aduladores que estrechaba a Monk un momento antes, se ensanchó poco a poca y acabó por perderse en las grandes ondulaciones de la multitud; Monk iba a hacer antesala como todo el mundo, lo cual no pudo menos de hacer notar Artagnan al conde de la Fère, que frunció el ceño, de pronto se abrió la puerta del gabinete de Carlos, y el joven rey apareció, precedido de dos oficiales.
––Buenas noches, caballeros ––dijo––. ¿Está el general Monk?
––Aquí estoy, Majestad ––contestó el viejo general.
Carlos corrió a él y estrechóle las manos con amistad ferviente.
––General ––dijo en voz alta el rey––, acabo de firmar vuestro diploma; sois duque de Albemarle, y es mi voluntad que nadie os iguale en poder ni en fortuna en este reino, donde a excepción del noble Montrose, ninguno os ha igualado en la lealtad, en valor y en talento. Caballeros, el duque es comandante general de nuestros ejércitos de mar y tierra; hacedle los honores correspondientes, si gustáis.
Mientras todos corrían al lado del general, que recibía los homenajes sin perder un momento su impasibilidad ordinaria, Artagnan dijo a Athos