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   –– ¡Ah! Señor, no pasará con la alegría lo que con la espada del duque, y la daré gratis a Vuestra Majestad ––replicó el mosquetero, que bailaba de gozo.
   ––Y vos, conde ––añadió Carlos dirigiéndose a Athos––, volved también, tengo que confiaros un mensaje importantísimo. Vuestra mano, duque.
   Monk estrechó la mano del rey.   
   ––Adiós, señores ––dijo Carlos tendiendo sus manos a los dos franceses, que pusieron en ella sus labios.
   –– ¿Qué decís ahora? ––preguntó Athos cuando estuvieron fuera ¿Estáis contento?
   –– ¡Chito! ––dijo Artagnan conmovido de placer––. Todavía no he vuelto de casa del tesorero... La gotera puede caerme sobre la cabeza.

   Capítulo 34.- La Carga de la Riqueza

   Artagnan no se durmió, y tan pronto como la cosa fue conveniente y oportuna, hizo su visita al señor tesorero del rey.
   Entonces tuvo la satisfacción de cambiar un pedazo de papel de escritura muy fea, por una suma prodigiosa de escudos fabricados muy recientemente con el busto, de Su Muy Graciosa Majestad Carlos II.
   Artagnan se hacía fácilmente dueño de sí mismo, mas en esta ocasión, sin embargo, no pudo menos de manifestar una alegría que el lector comprenderá quizá, si se digna tener alguna indulgencia por un hombre que, desde su nacimiento, jamás había visto tantas monedas y montones de ellas yuxtapuestas en orden verdaderamente agradable a la vista.
   El tesorero metió todos estos montones en unos sacos, cerrándolos con la estampilla de las armas de Inglaterra, gracia que los tesoreros no suelen conceder a todo el mundo.
   Y luego, impasible y tan urbano como debía serlo con respecto a un

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