hombre honrado con la amistad de Su Majestad, dijo:
–– Llevaos ––vuestro dinero, señor. ¡Vuestro dinero! Esta palabra hizo vibrar mil cuer-das que el mosquetero jamás había sentido en su corazón.
Hizo cargar los sacos en un carrito, y volvió a casa meditando profundamente. Un hombre que posee trescientas mil libras, no puede tener la frente tersa, y una arruga por cada centenar de mil libras no es mucho.
Artagnan se encerró, no comió, negó la entrada a todo el mundo en su casa, y, con la lámpara encendida y una pistola armada sobre la mesa, veló toda la noche calculando un medio de evitar que aquellos hermosos escudos, que del cofre real habían pasado a los suyos propios, no pasasen de éstos a los bolsillos de un ladrón cualquiera. El mejor medio que encontró el gascón fue encerrar momentáneamente su capital bajo cerraduras bastan-te sólidas para que ninguna mano pudiese romperlas, y bastante complicadas para que ninguna llave sencilla pudiere abrirlas.
Artagnan se acordó de que los ingleses son maestros consumados en mecánica y en in-dustria conservadora, y decidió ir a la mañana siguiente en busca de un mecánico que le vendiese una caja de caudales.
No tuvo que andar mucho. El señor Will Jobson, residente en Piccadilly, escuchó sus proposiciones, comprendió sus deseos, y le prometió confeccionar una cerradura de segu-ridad que le sacaría de todo temor para lo venidero.
––Os daré ––le dijo–– un mecanismo nuevo. A la primera tentativa algo seria hecha so-bre la cerradura, se abrirá una plancha invisible, y un cañoncito, invisible también, vomi-tará una linda bala de cobre del peso de un marco; que echará abajo al mal intencionado no sin un ruido notable. ¿Qué tal?
––Afirmo que es verdaderamente ingenioso ––exclamó Artagnan––; la balita