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   –– ¡Majestad, gracias!
   ––Pero haced las paces con Monk.   
   –– ¡Oh! Majestad...
   –– ¿Sabéis que uno de mis buques está a disposición vuestra? ––dijo el rey mirando fi-jamente a Artagnan.
   ––Pero, señor, me colmáis de gracias, y no sufriré jamás que los oficiales de Vuestra Majestad se incomoden por mí ––dijo el gascón con humildad.
   Su Majestad dio un golpecito en el hombro de Artagnan.
   ––Nadie se incomoda por vos, caballero, sino por un embajador a quien envío a Fran-cia, y a quien, según creo, serviréis con gusto de compañero, porque le conocéis perfectamente.
   Artagnan miró sorprendido.   
   ––Es cierto conde de la Fère... al que vos llamáis Athos ––repuso el rey, terminando la conversación como la había comenzado con una festiva carcajada––. ¡Adiós, caballero, adiós! Queredme como yo os quiero.
   Y después de esto, haciendo una seña a Parry para preguntarle si alguien le aguardaba en un gabinete inmediato, el rey desapareció en este gabinete, dejando al caballero atur-dido de tan singular audiencia.
   El viejo le asió amistosamente del brazo y lo condujo a los jardines.

   Capítulo 35.- En el Canal

   Sobre las aguas de un verde opaco del canal, cuyas márgenes de mármol había ya sem-brado el transcurso del, tiempo de manchas negras, de hierbas y de musgo, deslizábase majestuosamente una barca achatada, empavesada con las armas de Inglaterra, y cubierta de un toldo de ancho lienzo adamascado, cuyas franjas arrastraban sobre el agua. Ocho remeros la hacían mover sobre el canal, con la graciosa lentitud de los cisnes, que,

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