Buckingham exhaló un suspiro.
–– ¿Y qué? ––preguntó Artagnan.
—Decía que si alguna vez yo también fuese a Francia...
––Iréis, milord ––dijo sonriendo Artagnan––, respondo de ello.
–– ¿Y por qué?
–– ¡Oh! Tengo extrañas maneras de predicción; y cuando predigo, rara vez me equivo-co. Conque si vais a Francia...
––Pues bien, caballero; vos, a quien los monarcas piden esa preciosa amistad que les da coronas, me atreveré a pediros un poco de ese gran interés que profesasteis a mi padre.
––Milord ––contestó Artagnan––, creed que me tendré por muy honrado si, allá, en Francia, os dignáis acordaros de que me habéis visto aquí. Y ahora, permitid...
Volviéndose entonces hacia lady Enriqueta:
––Señora ––dijo––, Vuestra Alteza es hija de Francia, y, por consiguiente, espero vol-ver a verla en París. Uno de mis felices días será aquel en que me deis una orden que me recuerde que no habéis olvidado las recomendaciones de vuestro augusto hermano.
Y se inclinó ante la princesa, que le dio a besar su mano con actitud graciosa y regia.
–– ¡Ah! Señora ––dijo en voz baja Buckingham––, ¿qué deberé hacer para alcanzar de Vuestra Alteza semejante favor?
––No sé, milord ––respondió lady Enriqueta––; preguntádselo al señor de Artagnan; él os lo dirá.
Capítulo 36.- Artagnan saca, como por encanto, una casa de recreo de un
cajón de pino
Las palabras del rey, con respecto al amor propio de Monk, sólo había