inspirado a Ar-tagnan mediana aprensión. El teniente había tenido toda su vida el difícil arte de escoger a sus amigos, y cuando los había tomado implacables e invencibles, era que no había po-dido, bajo ningún pretexto, hacer otra cosa. Mas los puntos de vista cambian mucho en la vida, que es una linterna mágica cuyos aspectos altera todos los años el ojo del hombre. De ahí resulta que, del último día de un año que se veía blanco, al primer día de otro que se verá negro, sólo hay un espacio de una noche.
De modo que Artagnan, cuando salió de Calais con sus diez satélites, se cuidaba tan poco de apoderarse de Goliat, Nabucodonosor u Holofernes, como de cruzar la espada con su recluta o de discutir con su posadera. Entonces se parecía al gavilán que acomete en ayunas a un cordero. El hambre ciega. Pero Artagnan, satisfecho, rico, vencedor y orgulloso de un triunfo tan difícil, tenía demasiado que perder para no contar con la pro-bable mala suerte.
Pensaba, pues, al volver de su presentación, en una sola cosa, es decir, en contemplar a un hombre tan temible como Monk, a un hombre a quien también contemplaba Carlos, por más que fuese rey; porque apenas restablecido en su trono, el protegido podía tener aún precisión de protector, y no le negaría, por consiguiente, si llegaba el caso, la mez-quina satisfacción de deportar al señor de Artagnan, o de encerrarle en alguna torre del Middlesex, o de hacerle dar un baño en la travesía de Douvres a Boulogne. Tales satis-facciones se dan de reyes a virreyes sin ulterior consecuencia.
Ni aun siquiera era menester que el rey fuese agente activo en este negocio, en el que Monk tomaría la revancha. El papel del rey se limitaría muy sencillamente a perdonar al virrey de Irlanda todo lo que hubiera hecho contra Artagnan. No se necesitaba otra cosa para poner en reposo la