inteligencia; luego es muy mío. Vamos en busca de Athos.
Y se dirigió hacia la morada de éste.
Capítulo 37.- Artagnan Arregla el Pasivo de la Sociedad
Decididamente ––decía entre dientes Artagnan––, estoy de vena. Esa estrella que luce una vez en la vida de todos los hombres, que lució para Job y para Iro, el más desgraciado de los judíos y el más pobre de los griegos, luce por fin para mí. No haré locuras, y me aprovecharé de ella, pues ya es tiempo de ser razonable.
Aquella noche cenó de muy buen humor con su compañero Athos, a quien no habló de la donación esperada; pero no pudo menos de preguntarle, al mismo tiempo que comía, sobre las siembras y plantaciones; a lo cual contestó Athos complaciente como siempre. Su creencia era que Artagnan quería hacerse propietario, y lo único que sentía era perder el humor vivo y las divertidas ocurrencias de su amigo. Artagnan, en efecto, aprovechaba el residuo de grasa cuajada en el plato para trazar cifras y hacer sumas asombrosas.
La orden, o más bien la licencia para embarcarse, llegó aquella misma noche. Mientras la entregaban al señor conde, otro mensajero daba a Artagnan un rollo de pergamino con todos los sellos con que se reviste la propiedad territorial en Inglaterra. Athos le sorpren-dió entretenido en hojear estos diversos documentos que establecían la transmisión de la propiedad. El prudente Monk, otros dirían el generoso Monk, había conmutado la dona-ción en una venta, y reconocía haber recibido quince mil libras como precio de la cesión.
Ya el mensajero se había eclipsado. Artagnan seguía leyendo, Athos le miraba sonrien-te. El mosquetero, sorprendiendo una de aquellas sonrisas por encima de su hombro, guardó el rollo en su estuche. Perdonad ––dijo