––No, señor, nada tengo que hacer sino permanecer hoy a vuestro lado. Felizmente, no me ha impuesto el príncipe más deber que éste, que tan de acuerdo está con mi deseo.
–– ¿Está bien el rey?
––Perfectamente.
–– ¿Y el príncipe?
––Como siempre, señor.
El conde se olvidaba de Mazarino, siguiendo su antigua costumbre.
––Bien, Raúl, ya que hoy me pertenecéis, también, por mi, parte os dedicaré todo el día. Abrazadme... otra vez, otra vez estáis en vuestra casa, vizconde... ¡Ah! ¡Aquí está nuestro vicio Grirmaud! Venid, Grimaud, el señor vizconde desea abrazaros también.
El anciano no se lo hizo repetir; y corrió con los brazos abiertos. Raúl le ahorró la mitad del camino.
–– ¿Queréis, Raúl, que vayamos ahora al jardín? Os enseñaré el nuevo alojamiento que he mandado preparar para vos cuando vengáis con licencia; y mientras miramos los plan-tíos de este invierno y dos caballos de regalo que he cambiado, me daréis noticias de nuestros amigos de París.
El conde cerró su manuscrito; tomó el brazo del joven y pasó con él al jardín.
Grimaud miró tristemente salir a Raúl, cuya cabeza casi tocaba al marco de la puerta, y. acariciando su blanca barba dejó caer esta profunda palabra:
¡Crecido!
Capítulo 5.- Cropoli, Cropole y un Notable Pintor Desconocido
En tanto que el conde de la Fère visita con Raúl los nuevos edificios que había manda-do construir, y los caballos que había cambiado, el lector