––Con esto ya podéis ser realmente un hombre de bien —repuso Artagnan con tono más serio––. Sería vergonzoso que un talento como el vuestro, y un nombre que no os atrevéis a llevar, se encontrasen borrados para siempre bajo el orín de una vida mala. Haceos un hombre honrado, Menneville, y vivid un año con, esos cien escudos de oro, es una bonita cantidad: dos veces el sueldo de un oficial de graduación. Id a verme dentro de un año y ¡diantre! haré de vos alguna cosa.
Menneville juró, como habían hecho sus camaradas, ser mudo como un sepulcro. Y, sin embargo, preciso es que alguien haya hablado; y como sin duda no han sido los nueve compañeros, ni Menneville tampoco, necesario es que fuera Artagnan, quien, como gas-cón, tenía la lengua muy cerca de los labios. Porque, si no él, ¿quién había de ser? ¿Y cómo había de explicarse el secreto de la caja de pino agujereada que de manera tan completa ha llegado a nosotros, como ha podido verse, y cuya historia hemos referido con tan minuciosos pormenores? Pormenores que por lo demás iluminan con claridad tan nueva como inesperada toda esa parte de la historia de Inglaterra, abandonada hasta hoy en la obscuridad por los, historiadores.
Capítulo 38.- Donde se Ve que el Abacero Francés Estaba Rehabilitado ya
en el s. XVII
Hechas ya sus cuentas y sus recomendaciones, sólo pensó Artagnan en volver a París lo antes posible. Athos, por su parte, también deseaba regresar a casa y descansar un poco. Por más enteros que hayan quedado el carácter y el hombre después de las fatigas de un viaje, el viajero ve con placer, al fin del día, y mucho más si el día ha sido espléndido, que la noche va a proporcionarle un poco de sueño. Así es que desde Boulogne a París, cabalgando los dos amigos uno junto a otro, un tanto absortos en sus pensamientos indi-viduales, no hablaron cosas bastante interesantes