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para qué enteremos de ellas al lector; entregados ambos a sus reflexiones personales, y construyéndose el porvenir a su manera, se ocuparon principalmente en acortar la distancia por medio de la celeridad. Athos y Artagnan llegaron en la noche del cuarto día después de su salida de Boulogne, a las ba-rreras de París.   
   –– ¿Dónde vais, amigo? ––preguntó Athos.   
   ––Yo voy derecho a mi casa.
   ––Y yo derecho a la de mi consocio.
   –– ¿A casa de Planchet?
   ––Sí, buen amigo, al “Pilón de Oro”.
   ––Por supuesto, nos volveremos a ver.
   ––Si estáis en París, sí; porque yo me quedo.
   ––No; después de haber abrazado a Raúl, a quien he citado en mi casa, salgo inmedia-tamente para la Fère.
   ––Entonces, adiós, buen amigo.   
   ––Hasta más ver, diréis mejor, pues no sé por qué me parece que os vendréis a vivir conmigo a Blois. Ya que sois libre, ya que sois rico, os compraré, si gustáis, una buena hacienda en las cercanías de Cheverny o en las de Bracieux. Por una parte, tendréis los bosques más hermosos del mundo, que van a unirse con los de Chambord, y por otra, huertas admirables. Vos, a quien tanto place la caza, y que de grado o por fuerza sois poeta, encontraréis allí faisanes, codornices y cercetas, sin contar puestas de sol y paseas en barca, que causarían envidia a Nemrod y al mismo Apolo. Esperando la adquisición habitaréis en la Fére, e iremos a levantar la marica en las viñas, como hacía el rey Luis XIII. Es un moderado placer para viejos como nosotros.
   Artagnan tomó las manos de Athos.

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