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me permitirá que volvamos de nuevo a la ciudad de Blois y que asistamos a la no común actividad que la agitaba.
   En las hosterías, principalmente, era donde más se hacían sentir las consecuencias de la noticia llevada por Raúl.
   En efecto, el rey y la Corte en Blois, es decir, cien caballeros, y otros tantos criados, ¿dónde se metería toda esa gente? ¿Dónde se alojarían todos los caballeros de los contor-nos, que quizá llegarían en dos o tres horas, tan pronto como la noticia se fuese ensan-chando, a la manera de esas circunferencias concéntricas qué causa ila caída de una pie-dra lanzada en las aguas de un lago tranquilo?
   Blois, tan apacible como lo hemos visto por la mañana, como el lago más tranquilo del mundo, se llena de repente de tumulto y de temor a la noticia de la regia llegada.
   Los criados de Palacio, bajo la inspección de los oficiales, iban a la ciudad en busca de provisiones, y diez correos a caballo galopaban hacia las reservas de Chambord a fin de traer la caza, a las pesquerías del Beuvròn por el pescado, y a los huertos de Cheverny por las Priores y por las frutas.
   Sacabánse del guardamuebles las valiosas tapicerías y las arañas con sus grandes cade-nas doradas; un ejército de pobres barría los patios y lavaba los pavimentos de piedra, al paso que sus mujeres destruían los prados del Loira recogiendo sus capas de verdura y sus flores.
   La ciudad toda; para no permanecer extraña a este gran lío, hacía su toilette con gran azacaneo de escobas, cepillos y agua.
   Los arroyos de la ciudad alta, hinchados con estos incesantes lavatorios, se convertían en ríos en la parte baja de la ciudad, y preciso es decir que hasta el fangoso empedrado se adiamantaba a los rayos

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