ser aún más bonito que el dinero.
––No digo que no, a fe mía ––replicó Artagnan acariciándose el bigote––, y si alguna vez piensa en mí un historiador para referirla, bien podrá decir que no bebió en mala fuente. Escúchame, pues, Planchet, voy a contártela.
––Y yo a hacer montones de monedas ––dijo Planchet––. Comenzad, querido patrón.
–– ¡Ea! ––dijo Artagnan tomando aliento.
––Vamos ––dijo Planchet, cogiendo el primer puñado de escudos.
Capítulo 39.- El Juego de Mazarino
En un salón del palacio real, tapizado de terciopelo obscuro, que hacía resaltar las mol-duras doradas de un gran número de hermosos cuadros, se veía la noche misma de la lle-gada de nuestros dos viajeros a toda la Corte reunida ante la alcoba del cardenal Mazari-no, que convidó a jugar al rey y a la reina.
Un biombo separaba tres mesas puestas en el salón, en una de las cuales estaban senta-dos el monarca y las dos reinas. Luis XIV, sentado enfrente de su joven esposa, sonreía con expresión de soberana felicidad. Ana de Austria jugaba contra el cardenal, y su nuera le ayudaba cuando no sonreía con su marido. El juego del cardenal lo llevaba la condesa de Soissons, y acostado aquél en su lecho, con el semblante demacrado y lánguido, fijaba en las cartas una mirada incesante, llena de interés y de codicia.
El cardenal se había hecho acicalar por Bemouin; pero el colorete, que sólo brillaba en sus pómulos, hacía resaltar mucho más la enfermiza palidez del resto de su rostro y el luciente amarillo de su frente. Tan sólo sus ojos de enfermo tenían un brillo más vivo que de costumbre, y sobre ellos se fijaban de vez en cuando las miradas inquietas de Su